sábado, 10 de enero de 2015

TEMA 4, TAREA 1ª (I).

Tarea nº 1: 1ª Parte.

Los primeros recuerdos de mi vida.

Cuando vivía con mi familia en Malcocinado, rondaba yo los 3 ó 4 años, recuerdo que teníamos dos tortugas bastante grandecitas que habíamos traído hace tiempo de algún riachuelo, por lo que ya estaban crecidas. Pues bien, un día, desaparecieron sin más. Las buscamos por todo el patio (porque era allí donde las teníamos, en un cubo lleno de agua). Ya se habían salido del recipiente varias veces antes, pero siempre las habíamos encontrado al minuto, sin mucho esfuerzo. Pero esa vez no las encontramos. Nunca volvimos a saber de ellas, muy misterioso todo. Finalmente, pensamos que se habrían colado por una alcantarilla y no volvimos a coger más tortugas al río. Recuerdo que eran dos: un macho y una hembra. Una de ellas creo que se llamaba Clara y por la parte de debajo, cuando la poníamos boca arriba se le veía una manchita blanca en el vientre.

Otro recuerdo, también procede de esa misma época. Fue el día que cumplí cuatro años. No recuerdo mucho, pero sé que estaba muy emocionada y contenta porque estaba allí toda mi familia: padre, madre, hermana, tíos, primos y abuelos. Me acuerdo de la tarta de chocolate y de las cuatro velas que soplé, y que el vestido que llevaba era azul.

Finalmente, recuerdo un día (también con la misma edad más o menos) que estaba en casa de mi abuela en Malcocinado, concretamente en el comedor. Estaba sentada a la mesa con algunos de mis primos y mi tío político, Raúl. Resulta que este había decidido comprarse un perro y nos dijo que le ayudásemos a pensar un nombre apropiado. Estuvimos un rato diciendo lo que se nos ocurría y bromeando. No recuerdo si llegamos a la resolución ese día, pero al final al perro se le puso el nombre de Malco, diminutivo de Malcocinado.

Mi primer día de colegio.

Me resulta raro recordar el primer día que entré al colegio (preescolar), porque no recuerdo muchas cosas de cuando era niña y que sea precisamente ese día el que persista en mi memoria, me parece una gran coincidencia.
Ese día, como es costumbre en mí, llegué tarde al colegio. Mi clase estaba situada en el mismo pasillo estrecho que todas las demás. Lo único que las separaba de este era la puerta amarilla mediante la cual se pasaba al aula. Recuerdo que toqué esta puerta, giré el manillar y entré con decisión a la clase. Inmediatamente, me sorprendí de ver que todos mis futuros compañeros y maestra estaban sentados en el suelo (sobre una alfombra morada) formando un círculo. La profesora (doña Pepita, así la llamábamos todos), rápida y muy amablemente me invitó a entrar y, tras presentarme a todos esos niños que me miraban con ojos curiosos, me dijo que aquello que a mí me había parecido tan raro era lo que ellos llamaban “asamblea”, rato de la clase en que se iniciaba una charla entre la maestra y los alumnos.

Mi primer accidente.

Mi primer accidente más o menos grave fue con la edad de 8 o 9 años. Estaba aquel día jugando en la plaza de El Cristo de Azuaga con algunas amigas. Y jugando me subí a un bordillo, uno de esos que rodean a los árboles y palmeras que hay allí. Tengo que especificar que estos tienen en cada una de sus esquinas, un saliente, como un remache más abultado, grande y levemente más alto que el resto. Así, como se puede ir imaginando, haciendo equilibrio por encima del bordillo, me caí, con tan mala suerte que fui a dar con la boca en el saliente, rompiéndome la parte superior izquierda del labio de arriba. Pero esto no fue lo peor, porque no me dolía nada, solo sentía como un ardor ácido, como si esa parte de mi cara estuviese desapareciendo, recuerdo perfectamente el sentimiento aquel, y es difícil de definir, quizá lo más parecido que he sentido es la anestesia local, sí, parecía que me habían anestesiado el labio y tenía que tocarlo con la mano para asegurarme de que seguía allí. En fin, de repente me entró mucho sueño, y mi madre y la madre de una amiga (Ana), me tumbaron en un banco de la plaza y me subieron las piernas. Mi madre, muy alarmada por mi extraña somnolencia, no me dejaba dormir, me daba golpecitos en la cara y me hablaba para evitar que perdiese la consciencia. No la perdí. Salimos hacia el médico todo lo rápido que pudimos. Me montaron atrás, en el coche, con alguien que, más de lo mismo, evitaba que me durmiese. Por fin, llegamos al médico. Ya no tenía sueño, y esta nos dijo que no era nada, solo un golpe en el labio del que se me quedaría una pequeña cicatriz. Ignoro si a mi madre le comentó algo más.

Mi 11 de julio de 2010.

Parece que este día fue en el que España ganó el mundial de fútbol. No recuerdo muy bien ese día. Solo sé que cuando terminó, aunque yo no era muy fan de este deporte (verlo, me refiero, jugar sí me gustaba), salí a celebrarlo con mis amigos y, en fin, con todo el pueblo, a la calle. Todo el mundo estaba muy contento y por doquier se veían coches pitando, gente dentro de estos que gritaba y saltaba emocionada y banderas de España adornando coches, caras, camisetas, pantalones y todo tipo de cosas.
Cuando llegué al Cristo, la plaza de mi otra memoria, casi no pude cruzarla de lo abarrotada que estaba. Tardé en encontrar a mis amigos y, cuando lo hice, me uní al griterío.
Yo no me sentí muy identificada con el triunfo, pues casi no había visto los partidos, pero me gustó saltar al lado de mis compañeros y lo alegre que estuvo el pueblo aquella noche.

CARLA ALEJANDRE VILLALOBOS 2º BACHILLERATO B


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